
No era que no lo hubiese reconocido a la luz del hogar, no eran sus
andrajos de mendigo, su transfiguración; no: había indicios claros-
la cicatriz de su rodilla, su robustez, la astucia de su mirada. Asustada,
apoyando la espalda en la pared, buscaba una excusa,
una corta prórroga de tiempo, para no tener que contestar,
para no traicionarse. ¿Había gastado entonces veinte
años por él?
¿Veinte años de sueños y anticipación, por este desdichado,
esos bigotes blancos manchados de sangre? Muda, se dejó caer
en una silla, miró lentamente a sus pretendientes muertos en el suelo, como si mirase
muertos sus propios deseos. Y: «bienvenido», le dijo,
escuchando su propia voz, extraña y lejana. En el rincón, su telar
llenaba el techo de un enrejado de sombras, y aquellos pájaros
que había tejido contra un follaje verde en brillantes hilos rojos,
de repente, esta noche del regreso, se tornaron de color ceniza y
negro, volando por el cielo llano de su última perseverancia.
- Ulises 31.
- Ulises, James Joyce.
